02 septiembre 2017

Cuento corto: Salma Hayek e Indiana (segunda parte)

"Pareja bailando" de Lidia Wylangowka
Sirio Mirarte Galería
SEXUAL DELICADEZA
Ya había pasado la fiesta en que Romina, con su antifaz, emuló a Salma Hayek, y Orlando simuló ser Indiana Jones, también protegida su identidad tras una máscara. Se besaron sin saber quiénes eran en realidad. También pasó lo de la discotheque “Recuerdos”, la piscola que dejó hediondo a trago el vestido de la chica (leer PRIMERA PARTE), la molestia y el sentido de culpas pasajeros y el posterior destino en la casa de un amigo común, cuyos padres no estaban en la circunstancia.

Pero, ya en la discotheque y por obra y gracia de una amiga igualmente en común, Orlando y Romina se conocieron y se besaron nuevamente, pero ya con pleno conocimiento de quienes eran el uno y la otra.

Ahora los dos enteraron dos meses pololeando y, con aquella soltura que brinda la etapa en que combinan la finalización de los estudios superiores con los primeros y modestos quehaceres laborales, decidieron arrendar un departamento de un ambiente. 


Evidentemente no fue fácil: los amigos y amigas de ambos aprobaron la nueva situación de la pareja, aunque con matices; y, las respectivas familias, matizaron sus puntos de vista aunque con cierta mayor reprobación. “Tan jovencitos, tan poco tiempo que llevan juntos y hacen esta locura”, es la frase que podría resumir el conjunto de pareceres del entorno de ambos.

Pero ellos estaban notablemente seguros de lo que hacían. “Nosotros tenemos claro lo que queremos”, sostiene Orlando, recostado en el sofá, con sus manos sobre el cuello de Romina, igualmente en posición vertical, mientras presencian una película del cable. “Y yo no tengo dudas, amor”, responde la muchacha.

Y es tal la seguridad que se les olvida lo que ven (da lo mismo) y, mediante el fluido diálogo natural de los novios, hacen un espontáneo racconto de lo que ha sido su relación.

-¿Y qué te llamó la atención de mí? Cuenta la firme: sin rodeos –pregunta un muy risueño y relajado Orlando.

-Lo alto que eres, tu cuerpo armónico, tu parada nada arrogante y tu mirada tierna…Bueno: tu antifaz azul me hizo pensar eso…¿Y ti que te llamó la atención de mí? -retrucó serena y con expresión de muy enamorada, Romina.

-Tu perfil de mujer delicada, tu espontaneidad, tu sentido del humor y…tu vestido precioso combinado con el antifaz platinado y tu cabellera larga y color miel, todo muy femenino -resume Orlando.

-Eres un poeta -responde la muchacha.

La desatención respecto del televisor ya tuvo una primera secuela: poner la radio a través del notebook. Primero una canción interpretada por Pastora Soler y, luego, otra de Susana Zabaleta -regalonas de Orlando, al menos en el audio, pero colocadas por su novia- circundaron unos siete minutos sin palabras pero de besos apasionados.

Orlando y Romina se conocen hace menos de un mes, pero tienen tanto onda que es como si se conocieran toda la vida. Se miran, se leen, adivinan sus pensamientos y sus actos; y, a veces, hasta la imaginación de cada uno hasta anda más lento: el instinto los hace desnudarse anticipadamente.

No hacen el amor de inmediato, pero se contemplan, pasean por los escasos metros cuadrados del departamento, él va a la cocina y se despacha una cerveza, ella se aproxima a la ventana con un vaso de jugo de frambuesa, se acuestan, él se para, ella se mantiene, viceversa, y vuelven a mirarse hasta que deciden hacer el amor.

La entrega es total: la soltura traspasa límites inimaginables. No es caricatura, es efectivamente así...Todas las posiciones sexuales y formas de manifestar el deseo se proyectan posibles y, no sólo eso, sino que se concretan. Es poesía pura.

Es como una enjambre de montañas de color salmón, unas más redondas y de fina epidermis, y otras, entrelazadas con las unas, de aspecto más duro, extenso y musculoso. Pero con el agregado de ser materias de la naturaleza que se expresan con más fuerzas que cualquier terremoto a escala humana.

Pasan cuatro horas. Ya es de noche. Los celulares han sonado tantas veces como teléfono o como whatsapp. Pero ninguno de los dos contesta.

-Mi papá y mi mamá me han llamado y “guasapeado” varias veces. ¿Qué querrán? –se pregunta con extrañada molestia Romina.

-Estarán preocupados por ti. Recuerda que eres su retoño -reflexiona Orlando.

-Sí, pero...Ya tengo 24 años. No soy una niña. Además es sábado -sostiene Romina con resignación.

-Pero, ¡pégales un telefonazo! Quizás van a estar un poco molestos al principio, pero después lo entenderán -aconseja Orlando

-¡Para los hombres es tan fácil! -contesta la muchacha visiblemente enojada.

-Bueno, será ¡porque somos hombres! -se indigna un tanto Orlando.

La discusión sube de tono. Ella se viste y está decidida a irse. Él toma la batuta de la conversación con miras a poner paños fríos. El tiempo se hacer eterno. Ante la postura obstinada de Romina, el muchacho pide perdón...E incluso esta a punto de ponerse a llorar y, de hecho, está de rodilla: le ruega a su novia que se quede. 

Ella, en un gesto de madurez evidente, llama a sus padres. La conversación entre la joven y su mamá se extiende por unos 15 minutos y es tensa. Pero se ponen en la buena. "El retoño ya es una mujer", habrá razonado la madre y el esposo de ésta.

Romina finalmente se queda en el departamento que comparte con Orlando. Se sirven café. No saben si es lo mejor para distender, pero al menos tras una hora se sienten mucho mejor. Poco después, tras desnudarse y quedar con una larga bufanda, propiedad de su pololo, en un arranque de creatividad Romina le formula a éste una curiosa propuesta:

-Salma tiene una serpiente que la abraza, pero quiere que alguien más la abrace.

-E Indiana Jones no necesita de cuchillos ni enemigos para hacerlo, preciosa.

El escenario de hace algunas horas sólo fue el prólogo de la aventura.




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