10 agosto 2017

Cuento corto: el aroma de la vela (segunda parte)

Vela de color
Sitio WiccaReencarnada
SEXUAL DELICADEZA
Tras su amable ayuda para que mejorará la salud de la hija de María José, Santiago se enamora de la joven madre. 

El fino aroma mezcla de vela, jabón y fruta (leer PRIMERA PARTE). que sedujo a María José, más la generosidad de Santiago en una circunstancia adversa para la mujer, fueron la ecuación para que ambos se enamoraran. Ella lo visitó primero para solicitar ayuda ante una repentina y fuerte gripe de su pequeña hija. Él no tardó en ayudarla. Tras superar algunos vericuetos, ambos se dan cuenta que entre ellos hay algo más que buena onda.

De hecho, con la menor lejos -en casa de su abuela materna-, Santiago y María José viven una noche como la que habían esperado por años. Ella, una veinteañera madre soltera que busca sacar adelante su carrera de veterinaria y a su hija, ve en Santiago a algo parecido a su hermano mayor, pero sin esa insipidez que significa tener al frente a alguien querido pero que es sólo pariente sanguíneo directo. 


A su vez, Santiago, separado hace años, con 35 a cuestas, también con un hijo pequeño pero con una trayectoria de académico bastante consolidada, ve a la menuda muchacha como a cualquiera de sus alumnas, pero con un ingrediente extra mucho más atractivo: algo así como un tesoro humano lleno de amor, quien poco tiempo atrás sólo era objeto de sus miradas y caballerosos saludos. Y nada más. Ahora la tiene ahí, piel a piel, boca a boca, en su cama.

Pasan las horas, el pie de limón sigue en el refrigerador, y María José y Santiago no sólo se desean con todas las ganas sino que, literalmente, se saborean.

-Esto es lo que deseé por años: eres hermosa y tu sonrisa es como un imán -revela Santiago a María José.

-Y con tus ojos me ocurre lo mismo, amor. Están como brillositos. Me transmiten mucho afecto -responde ella, antes de dar rienda a otro tsunami de caricias y amor totales.

Pasan un par de horas más y algo parecido a un escalofrío los sacude simultáneamente.

-¿Qué hora es? – pregunta ella con cara de alarma y ojos algo rasgados (evidentemente luego de dormir algo).

-Son las 5 de la mañana –responde él, tranquilo, tras mirar su celular.

-¿A qué hora tienes tu clase? –pregunta María José, ya con cara de susto.

-A las 8.30 veo a mis alumnos –aclara Santiago, quien sigue más tranquilo todavía, pero extrañado de las preguntas de María José.

-¿Y cuánto tardas en llegar a la universidad? –vuelve a contraatacar ella.

-…Como una hora –responde él, ya algo molesto.

-Por lo tanto, ya deberías estar duchándote y, luego, tomar desayuno -deduce ella, doblemente inquieta.

Santiago se ríe fuerte y sólo se limita a poner cierta serenidad a la situación.

-¡Tranquila!. Batiremos un récord –aclara él, antes de levantarse e ir a la cocina a buscar una bandeja grande con un termo, dos tazones con sus cucharas, café, el pie de limón y un cuchillo. No tarda más de 10 minutos. Antes de instalar los componentes del desayuno en el escritorio, le surge una sola inquietud:

-¿Tienes clases hoy?

-Sí -responde ella.

-¿A qué hora entras? -pregunta el hombre.

-A las 8.30 -detalla María José.

-¡Ah!

-¡Tomamos desayuno! –dice ella sonriente y más relajada.

-No todavía –responde él. Ella se ríe.

-¿Y cuánto tardas en tomar el desayuno? –consulta ella.

-¡Uhm!...¿Relajadito?...Unos 20 minutos –retruca Santiago. Ella se vuelve a reír.

-¿Y en ducharte y vestirte? –pregunta la muchacha.

-¿Relajadito?...Unos 15 minutos.

-Yo también me demoro lo mismo en las dos cosas. Pero, ¿qué haremos  entremedio? –complementa y vuelve a preguntar ella?

-¿Qué crees tú? –dice él sonriente, indicándole con la mirada su cartera. Ella entiende el subtexto, saca de allí una nueva y pequeña vela aromática (debe ser como la quinta de la noche y con el olor parecido al que la sedujo) y, con un fósforo de otra caja del pequeño combustible, que en la oportunidad Santiago puso a propósito en la bandeja, enciende la vela.

-Ahora, apaguemos la luz, y hablemos con nuestros cuerpos, amor mío –dice Santiago, quien cubre en el acto, con las sábanas, frazadas y cubrecamas algo desordenadas, a la muchacha.

-Sí, bebé -responde María José. 

El remanente de tiempo corresponderá a una variante de la hermosa sinfonía que ellos viven desde hace unas …ocho horas en la casa de Santiago.




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