07 julio 2017

Cuento corto: Letras, cóctel y energías

Cuadro de Ira Tsantekidou
Sitio Por amor al arte
SEXUAL DELICADEZA
No fue un cóctel cualquiera. Tampoco esos pomposos, como los de las inmobiliarias o los del gobierno. Era de un evento cultural: nada espectacular pero digno de las circunstancias. La gente no estaba con sus mejores vestimentas, pero tampoco con ropa casera dominical.

Era verano, con 30 grados a la sombra y, en la noche, la temperatura sólo algo más baja. Y, con copas de pisco sour o de vino tinto en mano, se produjo algo parecido a un flechazo.

Purísima observaba a Andrés con un interés que iba más allá de la mirada simple. No se conocían, pero sus energías algo indicaban.

Sus ropas resaltaban sus figuras. De pronto las miradas coincidieron. Ella siguió mirando fijo, pero él se cortó e, instantáneamente, miró hacia arriba. Ella se acercó a él y éste sonrió de inmediato.

-Hola...bueno el cóctel -dijo ella nerviosa.

-Síííí - respondió él más nervioso aun.

-Y el libro debe ser mejor todavía -agregó Purísima, ya con aplomo.

-¿Lo vas a comprar? -preguntó Andrés con los ojos bien abiertos.

-Sí, pero esperaré que el autor atienda a la fila de personas. ¿Y tú lo comprarás?

-No por ahora. Tengo dinero para un café y la locomoción.

-Pero ya tendrás la oportunidad - retrucó ella mientras le guiña un ojo.

Pasaron unas ricas empanadas. Él, cuidadosamente, sacó un parcito con una servilleta y le entregó una a ella.

-¡Gracias! Eres muy amoroso -dijo sonriente Purísima, tomándose su larga cabellera lisa cuya chasquilla no alcanzaba a cubrir unos hermosos ojos café claro, que combinaban con ese mismo pelo.

-¡Están exquisitas!- afirmó él con seguridad.

La fila se acortó. Purísima ya sabía que iba a tener su ejemplar de la publicación. 

-Dan facilidades de pago: con dinero tangible o con tarjeta  -dijo un reciente comprador.

-Quizás puedes comprar con tarjeta –puntualizó sonriente Purísima.

-No tengo. Lamentablemente ando con la platita justa para un café y la locomoción –precisó y recordó Andrés, menos sonriente.

-¡Pero yo te pago! -expresó con seguridad Purísima y le guiñó nuevamente un ojo.

-¡No, por favor!

-Pero, ¿cómo?...Me caes bien.

El joven aceptó amablemente, muy agradecido y, luego, la abrazó. Ella no se inquietó. Al contrario: como él es bastante más alto y de aspecto atlético, la muchacha tendió a apoyar toda la cara en la parte frontal de su chaleco. Pero no pasó un segundo y él la retiró. “Perdona”, dijo él. “Pero, ¿por qué?”, dijo ella muy extrañada. 

La fila se acabó, el autor del libro sólo conversaba con una persona y no estaba firmando autógrafos. Un asistente se encargaba de los pagos. Los jóvenes se acercaron: Purísima compró dos ejemplares. Los dos sonrieron espontáneamente. Él se vio muy agradecido, pero ella lo miró con una ternura parecida a un presentimiento.

-¿Vives muy lejos? –preguntó la muchacha.

-No tanto. Deben ser unas 10 cuadras –respondió despreocupado él.

-Igual nos podemos ir caminando y no es tan tarde –complementó ella.

-Sí. Además, es agradable la temperatura  y no tengo apuro. ¿Quieres compartir un café conmigo? – enfatizó Andrés.

-Ok. ¡Vamos!

-¡Vamos!

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