13 julio 2017

Cuento corto: Salma Hayek e Indiana

Dibujo antifaz
Sitio Colorear Imágenes
SEXUAL DELICADEZA
Por las máscaras era como esas fiestas cortesanas del siglo XVIII. La única diferencia radicaba en la ropa: era la propia de muchachos del siglo XXI.

Era difícil que unos o unas descubrieran a los otros y a las otras. Las máscaras eran chistosas. Todos sabían, en todo caso, quien era el dueño de casa, porque era el cumpleañero (un cuarto de siglo de vida) y él recibía a la gente.

Romina, menuda, ni delgada ni macicita, pero de hermosa figura, lucía un antifaz platinado, muy femenino y que le cubría toda la cara. Su larga cabellera la tenía tomada y estaba con un vestido rojo que le quedaba perfecto (al menos, conforme a las miradas masculinas mayoritarias).

Se sentía muy atraída por Orlando, un hombre de mediana estatura, delgado y que vestía un ceñido chaleco verde y jeans. La atracción era mutua. Evidentemente no se conocían.

Mientras la música de fondo consistía en un tema que Shakira le dedicó al igualmente famoso padre de sus hijos, ambos caminaron hacia el mismo punto: como si se tratara de una conexión satelital muy instantánea.

-Te vi tan solito desde hace rato, que decidí acercarme a ti -dijo Romina, muy directa, sonriente y desenvuelta.

-Yo pensé e hice lo mismo -retrucó Orlando en un tono muy galano.

-¿Y estás efectivamente sólo?

-Sí. Mis amigos no sé donde están. Se arrancaron de acá. Y sospecho que tú tampoco estás acompañada.

-No lo estoy. Venía con una amiga, pero se fue con su novio hace mucho rato.

-¿Cómo te llamas? -preguntó con cabeza gacha y muy interesadamente Orlando.

-Salma Hayek, la de la serpiente gigante -respondió Romina, mostrando toda su dentadura con la sonrisa. Orlando se rió instantáneamente pero sin estridencia.

-Soy Henry Jones Junior, alias "Indiana Jones"...pero con el antifaz de... "El Zorro".

Las fuertes risotadas cómplices de ambos se sintieron en toda la casa, cuyo espacio sólo destinado a la fiesta era bastante generoso, aunque no lo suficiente como para que el resto de la concurrencia no advirtiera las carcajadas de la ingeniosa pareja.

El resto del tiempo allí lo pasaron juntos. Conversaron, rieron y, pasadas las dos de la madrugada y ya con una asistencia notoriamente disminuida, bailaron al son de baladas ochenteras y se besaron.  No obstante, ambos jóvenes no cedieron, en lo más mínimo, a lo que hubiese sido la gran vulneración de las reglas del anonimato de la fiesta.

Semanas después
La discotheque "Recuerdos" fue el lugar predilecto para celebrar otro cumpleaños. No importaba quien cumplía años: había una vez más un motivo para celebrar y...algo parecido a una fiesta. Curiosamente Orlando y Romina coinciden nuevamente. 

Tras ir a buscar una piscola a la barra, Orlando se dio vuelta para regresar a su mesa, con tal mala suerte que, justo, pasaba Romina y le cayó una generosa cantidad de milímetros del alcohol recién solicitado a su vestido, notablemente parecido al que ocupó en el cumpleaños ya citado.

Los minutos siguientes fueron eternos: Orlando estaba rojo de vergüenza, los improperios de Romina (irreproducibles para estas líneas) sumaban y seguían, el joven le rogaba perdón a ella y, los demás, intentaban calmar los ánimos.

Y, así, pasaron un par de horas. Serenos los espíritus en las mesas, la propia Romina se acercó a Orlando en son de paz. 

-Perdóname. Fui tonta. Creo que exageré en mi dureza contigo. Y debí comprender que fue sólo un error -admitió la muchacha.

-Pero te quedó súper hediondo el vestido. Fue una estupidez mía -enfatizó el aludido.

-Olvídalo -le dijo ella tomándole los brazos casi debajo de la mesa.

-Me encanta tu perfume. Me trae un grato y reciente recuerdo -confesó él.

-Y ¿cómo lo puedes sentir?. Tienes un gran olfato. Yo siento que estoy pasada a piscola -expresó ella extrañada. Él se rió pero sin llegar a la estridencia.

-Tu risa me recuerda a alguien, pero no logro recordar su cara- reconoció ella.

Ciertamente había onda entre los chicos. Además, una amiga en común de ambos ya había tenido la delicadeza de presentarlos entre sí, como correspondía.

Ya eran las dos de la mañana. El grupo se había reducido bastante, el boliche se cerró y decidieron dirigirse a la casa de uno de los participantes. Y eran sólo cuatro: dos hombres y dos mujeres. 

La física y la química estaban en su máxima expresión. Y la casa del anfitrión ocasional, muy acogedora y sin los padres de éste, era el lugar ideal para seguir conversando y...hacer algo más.

-Igual, pongamos música -enfatizó uno de los participantes, cuya moción fue inmediatamente aprobada.

Romina y Orlando querían bailar y lo hicieron. La música de Phil Collins, Bryan Adams, Heart y REO Speedwagon, poco a poco, los arrojó a recuerdos recientes. No tardaron demasiados minutos y ya se estaban besando.

Y aunque ya se sabían los nombres, surgió lo que era inesperado algunas horas atrás.

-Sobre esos hombros me abracé hace algunos días -aseguró ella, casi suspirando.

-Y tu figura perfecta me inspira hacerlo. ¿No es así Salma Hayek?