09 junio 2017

Irene o Geis…el legítimo paso siguiente

La postulación de una de las periodistas de más admirada trayectoria de Chile al Premio Nacional de Periodismo 2017 no es obra y gracia de la casualidad.

A principios de 1991 mi madre no lo dudo dos veces: “me han hablado muy bien de la Universidad Bolivariana donde está mi amiga Irene Geis, estupenda periodista y profesora”. Lo que detallé no es oportunista ni nada por el estilo. Inmediatamente me acordé de lo más anecdótico, pero no por ello menos atractivo de la forma de ser de Irene: un sentido del humor ácido, en el justo límite de lo serio y de lo jocoso, pero que a cualquier muchacho o muchacho en el umbral de los 20 o pasadita esta edad, bastaba para deslumbrar y despabilar (“despabilar” en el sentido de salir de aquella zona de confort propia de la edad).

Tuve la fortuna de conocerla cuando no me empinaba a la primera década de vida y allí, evidentemente, no era “Irene” o la “maestra Irene”, sino que “tía Irene”, adaptada casi maternalmente al regaloneo hacia alguien que podría ser perfectamente su hijo ayer y hoy.

Y evidentemente la historia del periodismo no comienza con el candor de la post adolescencia y las anécdotas del período universitario temprano característico de los años 90. Tampoco este origen tiene necesariamente lugar en los años 50, época de la primera escuela de periodismo universitaria. Pero, en ese decenio, en la Universidad de Chile se forjaron las primeras generaciones de profesionales formales, quienes tuvieron el privilegio de contar con profesores de alto vuelo, como Lenka Franulic, Manuel Rojas o Ramón Cortez; potenciar fuertemente sus capacidades intelectuales y desarrollar un espíritu crítico potente en una época de grandes sueños, transformaciones y -aunque suene crudo- alto riesgo. Esto fue principalmente en los años 60 y, aunque con mayores contrastes, en los años 70.

Allí destacó Irene. Alemana de origen, afincó sus corazones en nuestro país junto a sus padres para ser parte de ese grupo de periodistas que gozaron (y posteriormente sufrieron) el privilegio (y consecuente martirio) de vivir la referida época, lapso generoso en años en que muchos jóvenes no hablaban de resistencia al cambio u otros modernismos (o posmodernismos), sino de cómo abiertamente debían ser los cambios. El diario La Tercera, el canal 9 de televisión (de la misma universidad que consolidó sus conocimientos), la revista 7 Días; y, ya en plena dictadura, la revista  Pluma y Pincel, y el diario Fortín Mapocho, fueron escenarios de un talento que supo de diversas funciones -reportera, redactora, investigadora periodística, editora, presentadora de televisión, docente y directora de la carrera de periodismo en distintas casas de estudios superiores-, no tuvo paréntesis pese al exilio en Argentina y ni estuvo ajeno a los reconocimientos. Entre estos últimos destacan el premio Lenka Franulic, en 1967.

Esta pluma privilegiada cruzó el tenue límite entre el esquematismo característico del periodismo y el universo ilimitado de la literatura. “Exiliario”, “Copa de Vinagre”, “Como un pájaro sin luz”, “La pasión de Torquemada” y “De la Guerra” son algunas de sus obras.

No se trata de zalamería ni oportunismo. No hay duda que un vínculo afectivo es un importante cimiento para decir que tal o cual persona merece un reconocimiento, pero en el caso de Irene los argumentos están expuestos y hablan por sí solos. Por lo tanto, cuando muchos de quienes somos colegas y hemos sido sus alumnos/as consideramos que debe ganar el más importante galardón de nuestra profesión: el Premio Nacional de Periodismo, evidentemente no debemos esforzarnos demasiado para defender esos argumentos.