03 marzo 2017

"Adios a la armas" de Ernest Hemingway: un amor sin lugares comunes

El libro del Premio Nobel remece mediante una historia cuya línea de acción desafía toda clase de obstáculos y, por cierto, el mismo tiempo en que fue escrita.

Al leer "Adiós a las Armas" (1929) y (sobretodo) tras terminar la lectura, me sobrevino un atisbo de conclusión algo frívolo, pero no por ello menos certero y alejado de lo valioso de la novela: la alusión regular del protagonista a los tragos. No señalaré tan tajantemente que Ernest Hemingway tuvo una alta predilección por los bebestibles con alcohol (no puedo referirme tan taxativamente a alguien que no conocí). Pero justamente esa observación lleva a una conclusión superior: el tipo tenía "calle", como suele decirse a la gente que tiene mucha experiencia mundana (que no es lo mismo que turística).

No quisiera igualmente con ello enfatizar que sus libros son autobiográficos y que la gente que no es capaz de andar en microbuses y vagar por las calles a altas horas de la noche, sea completamente inocente. No. Pero en "Adiós a las Armas" se nota un alto conocimiento de lugares diversos, sobre todo de Europa Occidental, de costumbres y de contextos especiales. Eso torna a esta novela del referido ganador del Nobel de Literatura como obra de interés y, de paso, confirma esa idea de alto conocimiento terrenal del autor.

La alusión que hago sobre el alcohol no es casual: representa en cierto sentido la libertad. Pero eso también puede ser parte de la libre interpretación de cada lector. El protagonista, un oficial norteamericano enrolado en una unidad italiana durante la Primera Guerra Mundial, en su deseo por zafarse del lado más oscuro del conflicto y de ciertas obligatoriedades asociadas, se siente permanentemente más atraído por la aventura del lado más amable de la vida: el amor, la amistad y el compañerismo y las sociabilidad a ultranza. Es bastante razonable: toda guerra es absurda y, a su vez, la vida es lo suficientemente corta como para no disfrutarla, sobre todo en juventud.

Allí el amor encaja al margen de los lugares comunes: puede soportar todas clase de diferencias e indiferencias, no conoce nacionalidades ni fronteras, desafía al destino y da muestras de grandes sacrificios (al punto de lo inverosímil) pese al dolor de los enamorados, sus propios pasados y, por cierto, sus propios temores ante el futuro.

Cabe resaltar que este libro de Hemingway tuvo dos adaptaciones en el cine: una de 1932, con Gary Cooper y Helen Hayes en el reparto; y otra de 1957 con Rock Hudson y Jennifer Jones en los créditos.

El ejemplar que leí (fotografía) corresponde a una edición de la Colección Premios Nobel, publicada por La Tercera mediante la editorial Sol 90 en 2003.

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