10 julio 2017

Quenita y Fabrizio: de piña y de melón

Cuadro autoría de Ira Tsantekidou
Sitio Por amor al arte
SEXUAL DELICADEZA
Fabrizio es invitado por un grupo de compañeros de trabajo a un café con piernas. Se trata del "Carautí". Ingresa al local junto a Roberto, Lorenzo y Manolo. Roberto es el más experimentado en estas lides y, Fabrizio, el novato. No obstante éste no tarda en ser atendido por una hermosa joven.
-Hola, mi amor. ¿Cómo estás? -saluda la muchacha.

-Biiien...- responde vacilante y tímido Fabrizio.

Inician una animada conversación. Ella se llama Quenita. Fabrizio le pide dos jugos a ella: uno de piña para él y el otro, de melón, para ella, quien se acerca a su más reciente cliente dejando sus senos a la altura de la nariz de él. La superficie del sector de la barra, por cierto, es más alta que la de la clientela. Además, ella se ve particularmente muy alta: debe medir un 1.65, pero con los tremendos tacos alcanza fácilmente el metro 75.

Hace un calor muy fuerte adentro. Afuera hay 34 grados a la sombra y, adentro, como 40 grados con harta sombra, luz artificial y algo de ventilación con una combinación de olores mezcla de café, perfume femenino y zonas púbicas de ambos sexos. El local debe tener unos 35 metros cuadrados construidos. Hay 10 chicas atendiendo para unos 20 tipos. El dueño del local se ve risueño. La cajera, de chaleco, jeans y zapatillas, se nota muy acalorada y de mal humor.

“¿Vienes solo?”, pregunta Quenita. “No. Estoy con tres amigos”, contesta Fabrizio. “¡Ah!, Roberto, Lorenzo y Manolo. Son clientes habituales”, se da cuenta ella. Él queda algo sorprendido. “¿Y los has atendido?”, pregunta él con algo de morbo. “¡No!, ¿cómo se te ocurre?. Roberto se atiende con Lisette, Lorenzo con Jeannette y Manolo con Vicky. Si yo se los levantara, ellas me echan la foca”, responde con determinación la muchacha.

De pronto, sin pensarlo demasiado, Fabrizio le dio un agarrón en el trasero a Quenita. Las compañeras de Quenita quedaron estupefactas, mientras que la cajera y el dueño del café acudieron a barrer los restos de vidrio de los vasos que los boquiabiertos amigos de Fabrizio habían botado por la pura impresión de ver la audaz acción de él.

El panorama estaba bien claro: un hombre, elegantemente vestido de terno y corbata, con sus enormes y venosas manos de treintón comprometido y compuestito, puestas en sus totalidades en el llamativo trasero de la veinteañera Quenita. Él, un poco confundido, le susurra algo al oído a Quenita. Ella está desencajada y sin entender demasiado.

-¿Este agarrón cuánto vale? -dice vacilante Fabrizio.

-¿Perdón? –pregunta Quenita.

-¡Disculpa!, no quise ser tan grosero. La verdad es que no quise decir lo que dije –responde él.

-No seas leso. Los agarrones no valen. Y, si quieres ir más lejos, mejor anda a otro lugar- enfatiza, con coqueta risa, Quenita.

Ella no quiere que Fabrizio tome este aparente exabrupto como algo para sentirse obligado a pedir otro jugo o un granizado destinado a ella. “No te persigas. Algo tan espontáneo y rico no tiene precio”, le confiesa la chica Él le encuentra razón y le ofrece un juguito. Ella amablemente lo rechaza.

Todos miran un poco haciéndose los lesos, aunque con ademanes de haber escuchado el susurro: las mujeres, anfitrionas habituales, entre picadas y menospreciativas; los varones, en su mayoría clientes habituales, sólo con caras de curiosidad. Quenita es la mejor dotada de todas.  El dueño está un poco molesto: aparentemente proyecta alguna clase de problema, pues Quenita es la más requerida pero también la más explotada por el sujeto.

Cuadro autoría de Dimitra Milan
Sitio Furiamag
No obstante, lo más inesperado viene después: Fabrizio agarra de la cintura a Quenita y la besa con pasión hollywoodense. Ella se entrega con igual fuerza. La mayoria del local, claramente masculina, exclama con fuerza "¡wuaaaaa!", el dueño monta se encoleriza y se aproxima a Fabrizio con la clara intención de golpearlo. Fabrizio y Quenita ven que no disponen de mucho tiempo para reaccionar y sólo atinan a intentar arrancarse del local.

El dueño alcanza a agarrar a Fabrizio e intenta darle un mangazo sin éxito. Para colmo: golpea la mano muy fuerte en la barra de mármol.

-¡Mierrdaaaa!, ¡te voy a agarrarrrr concha de tu maaadre! -grita enérgicamente el regente del negocio.

Lo más curioso de todo es que nadie más atina a hacer algo para atajar a Fabrizio y a Quenita. Una de las chicas atiende a su jefe, quien ya está con la mano media morada e inflamada. El resto no puede hacer mucho: con tacones tan altos es difícil avanzar rápido. La cajera tampoco puede intervenir algo más porque un par de delincuentes intentan intimidarla. Obviamente el objetivo de los sujetos está en la plata del día: ya son cerca de las tres de la tarde y, evidentemente, ya hay buenas ganancias sobre todo considerando la enorme reputación del "Carautí".

Quenita, apelando quizás a un pasado exitoso en los 100 metros planos, arranca finalmente junto a Fabrizio agarrados de la mano, a pesar de esos taconazos.

El dueño está muy mal trecho. El resto de las mujeres lo ayudan a pararse: es evidente que Quenita ya no volverá al local. Además seguramente los días de gloria, al menos por estos tiempos, serán parte del pasado para el Carautí porque, para rematar la mala racha, llega la fuerza pública y un equipo de fiscalización municipal para clausurar el local por ruidos molestos, consumo de cigarro, narcotráfico y ejercicio ilegal de la prostitución. Los carabineros se llevan detenido al dueño del café y solicitan al resto de la gente que abandone el boliche.

-Éstos debieron haber venido mandados por el loco del alcalde: hace tiempo que ése quería cagarse a este gallo -dice un borracho que pasa justo frente al local.

-¿Y la Quenita? -pregunta el dueño del local con voz atontada y adolorida mientras que los carabineros lo trasladan a la cana, previa atención de urgencia.

-No sé, compadre, pero sospecho que ni ella ni mi amigo van a volver -responde Manolo.

-¿Y qué voy a hacer? -replica el dueño del café.

-¡Juega un Loto! -responde Roberto.

-¡Sabís, loco!: esta cosa se funó -propone Lorenzo.

-¡No!- retruca Manolo con ironía.

-¡Vámonos al "Icaparú"!.¡Capaz que el Fabrizio pida feriado en la empresa varios días!, ¡jajajaj! -sugiere Lorenzo.

-¡Shit!, ¡estás loco!. Con lo desgraciado que es el gerente -afirma Roberto con seguridad.

-¡Vamos al "Icaparú"!. Además allí las mujeres no son tan despampanantes como las de acá, pero son menos enrolladas y cuáticas -ordena Manolo.

-¡Vamos! -dicen firmemente al unísono los otros dos.