21 agosto 2013

Cuando la “vergüenza” se come a los “shoritos”

Algunos hombres se creen dueños de las calles y de las voluntades de los demás cuando se suben a un vehículo. Pero cuando alguien los “pone en su lugar”, sobre todo si es mujer, “otro gallo canta”.

EN TERCERA CLASE
Cuántas veces quienes somos conductores hemos visto un calco de la misma escena: durante un día de fin de semana caluroso, en una avenida de doble calzada bidireccional del sector oriente de la capital, hay una fila de automóviles en una de las pistas de viraje a la izquierda y justo en la intersección con otra calle. El semáforo está en amarillo, alcanzan a virar al menos unos seis automóviles y, aplicando el siempre razonable criterio de la precaución, el séptimo vehículo se detiene antes de que el dispositivo de señalización cambie a rojo. Su conductora es una mujer.


Ella -de unos 60 años de edad, buena presencia, pelo cano corto y anteojos oscuros- está tranquila esperando que el semáforo dé la fecha verde de viraje, cuando un hombre de aproximadamente 40 años de edad -cejijunto y mal agestado, de contextura mediana, tenida dominguera veraniega y también con anteojos oscuros- tras hacer sonar reiterada y mañosamente la bocina de su vehículo, curiosamente ubicado detrás del auto de la mujer aludida, asoma violentamente por la ventana la mitad superior de su cuerpo alzando las manos (como si estuviese recordando las partes más apasionadas de los discursos de Fidel Castro) y le "recita" un airado “rosario” que a ella la deja ingratamente sorprendida y, al  resto de los conductores y peatones que están allí, perplejos.

-¡Puta, te quedai paráa vieja hueona! ¡Pasabai de más! ¿¡Dónde aprendiste a manejar, conche tu mare!? Por culpa de conductores como vos, tamos cagaos…

La mujer se queda algunos segundos -aparentemente eternos- estupefacta y mirando para delante. El resto de los conductores y transeúntes están boquiabiertos o con cara de giles. Sólo suenan los motores y pasan los vehículos de las calles donde está vigente la luz verde. Todo esto también parece eterno, pero son sólo algunos segundos.

La reacción, de “tan alto nivel”, como hubiese dicho el periodista Aldo Schiapacasse, no tarda en tener respuesta por parte de la misma mujer. Ella, muy tranquilamente, se baja del vehículo, da pasos igualmente serenos pero seguros hacia el automóvil del conductor que la trató con tanto “cariño” y se coloca justo frente a la ventana del "coche" (una notoria camioneta 4x4) desde donde la observa el sujeto, quien aparentemente mantiene la misma actitud prepotente con la mitad del brazo apoyado en el umbral de la ventana. Pero el resto lo pone ella, con un vozarrón fuerte y un relato de corrido.

-¡Tan macanudo que te creís, huevón, con eso de gritarle a una mujer! ¡Seguro que esperabas que no te dijera nada! ¡Seguro que esperabas que me quedara sentada y sumisa en mi auto! ¡Seguro que hacís los mismo con otras minas indefensas y con cero iniciativa!

La vehemente respuesta de la mujer continúa, el hombre agacha la cabeza (y la “guardia” también), sus hijos miran asustados  y, el resto de la gente, observa con una sonrisa un tanto nerviosa. Algunos están a punto reírse, pero siguen expectantes.

-¡Ahora estoy yo acá y eres tan poco hombre, huevón, que ni siquiera eres capaz de mirarme a los ojos ni de bajarte! ¡Eres una vergüenza para tus hijos! ¡De seguro que eres shorito sólo delante de ellos, de tu mujer y de otras mujeres! ¡Debes ser el “hombre” de tu casa, el shoro del auto, pero si alguien te alza la voz, te cagai entero y no atinai a nada! ¡Seguro que si un hombre te sube y te baja a puteadas, salís arrancando! ¡Eres un pobre y triste huevón! ¡Me dai pena!

Acto seguido, la mujer se da vuelta y emprende el regreso a su auto no sin antes recibir ruidosos aplausos del resto de los conductores y peatones presentes allí. Ya el semáforo había dado la luz verde y los aplausos continúan hasta que ella sube a su vehículo para reiniciar la marcha. A lo mejor se inspiró en la gran Tina Turner o en otras mujeres que vencieron la prepotencia masculina.

Sólo un auto arrancó antes: el del sujeto que la insultó. Dicen que estaba rojo tomate: como futbolista expulsado delante de 80 mil espectadores hinchas del equipo rival. Probablemente, como hubiese dicho Juan Cristóbal Guarello, la vergüenza le “comió” la “shoreza”.