22 agosto 2012

Enfoque de Género: ¡ni autocomplacientes ni autoflagelantes!

MOPENSES
Hace algunos años fui partícipe de un curso sobre este tema. Me motivó mucho ver a mis compañeros y compañeras de curso debatiendo, a veces muy acaloradamente o con alguna dosis de vehemencia, otras tantas en un tono más conciliador, con la finalidad de encontrar concordancias. No importaba la forma. “De eso se trata”, me dijo uno de los asistentes, a quien refrendé sus palabras. “Si hay un debate apasionado es porque el curso está funcionando”, pensé.
Para quienes hemos tenido la suerte de recibir una educación formal, es sumamente difícil olvidar anécdotas de cuando éramos niños o de tiempos de la universidad. Graciosas o desagradables, aquéllas nos quedan grabadas en la memoria y eso se debe, quizás, a cierta tendencia que tiene la especie humana de recordar episodios en que fuimos parte de un colectivo numeroso de personas que acudían a un lugar con el mismo objetivo: escuchar a un profesor, adquirir nuevos conocimientos y estudiar para aprender esos conocimientos bien y que nos fuera bien en lo verdaderamente importante que venía después: las pruebas.
El hecho de ser menor de edad -y muy menor de edad- es gracioso, chistoso, liviano, juguetón (pongámosle el adjetivo que se nos dé la gana). El sobrenombre al compañerito o a la compañerita de curso (como también el referido a los “profes”), la tendencia a hacerse bromas pesadas, las niñitas jugando a la cuerda o los niñitos jugando al fútbol, lanzarse papelitos dentro de la sala de clases, jugar juegos (valga la redundancia) un tanto violentos y hacer pillerías como copiar pruebas, por poner sólo algunos ejemplos, son parte de la rutina de quienes no tienen mayores responsabilidades que ir a la escuela, estudiar y obedecer a sus mayores.
Cada vez que tomo alguna capacitación o cualquier curso de perfeccionamiento en el plano laboral, me remito en cierto sentido a lo que ya fui: es inevitable. Creo que es un sano ejercicio porque me permite analizar, con retrospectiva, que fue de mí y, acto seguido, proyectarme.
Fui partícipe en octubre de 2010 de un curso sobre enfoque de género que, amablemente, me ofrecieron en mi trabajo. El enfoque de género no es un tema fácil. Y no lo planteo porque la materia sea extraordinariamente difícil de entender. No.
Me motivó mucho ver a mis compañeros y compañeras del curso debatiendo, a veces, muy acaloradamente, con alguna dosis de vehemencia quizás en tales casos, y otras tantas veces en un tono más conciliador, tratando de buscar y encontrar aspectos concordantes. No importaba la forma. “De eso se trata”, me dijo uno de los asistentes, a quien refrendé sus palabras. “Si hay un debate apasionado es porque el curso está funcionando”, dije para “mis adentros”.
“Sexo” y “Género”
Algunos alumnos se sintieron un poco obligados al acudir al curso. Es comprensible: el “enfoque de género” es un tema que, si bien es cierto ha significado avances en su aplicación bastante notorios en comparación a décadas anteriores y, sobre todo, a los siglos precedentes, todavía es visto con cierto recelo. “Un cacho”, dirán las voluntades más lánguidas, machistas, despreocupadas del tópico o abiertamente conservadoras. Pero el enfoque es necesario si queremos alcanzar un desarrollo más equitativo, sin desigualdades en materia de oportunidades entre hombres y mujeres.
Es cierto: el tema suele reducirse a la palabra “mujer”, pero ése es un reduccionismo. Las diferenciaciones biológicas no son “género”. Eso es “sexo”. Los roles culturales tienen que ver con “género”. Y allí se han generado avances: el aumento de la cantidad de mujeres en el mundo laboral y los esfuerzos que se han realizado para que ellas ganen sueldos similares a los hombres teniendo experiencias y profesiones similares a éstos, son parte de la aplicación del enfoque. Pero el enfoque no es sólo eso.
En el caso de la infraestructura, un ejemplo claro de enfoque de género es posible plantearlo respondiéndose diferentes preguntas: ¿quiénes son los usuarios de los caminos?: ¿sólo automovilistas?; ¿quiénes administran los sistemas de agua potable rural?: ¿se puede hablar sólo de administradores?; ¿deben haber una escalera y una rampa a la vez, o cada una debe estar en lugares diferenciados en una edificación pública o en el acceso a una playa?; ¿deben existir exclusivamente baños para hombres y exclusivamente baños para mujeres?. Éstos son sólo unos ejemplos, cuyas respuestas se han materializado en avances.
“Somos sucios”
En el curso al que asistí nunca imaginé que un ejercicio aparentemente sencillo, como referirse a 5 características atribuibles a las mujeres y 5 características propias de los hombres, iba a generar una acalorada discusión acerca de las diferencias entre ambos sexos en el plano cultural (¡ojo!: no biológico).
Sin embargo fue entretenido y muy didáctico. Sólo bastó con que yo dijera que era muy crítico respecto de mi “raza”, la masculina, y defensor de las mujeres. Para hacer el ejercicio, de hecho, me resultaba más fácil establecer diferencias que yo consideraba típicas entre hombres y mujeres.
Entre los atributos que reconocía en los hombres cité algo así como “menos delicadeza en el plano de la higiene (obviamente en comparación con las mujeres)”. La profesora lo interpretó como “sucio” y, ahí, empezó lo bueno, con asistentes que casi saltaron de sus asientes para decir: “¡¡eso no es tan así!!”…En todo caso, las carcajadas previas fueron inevitables.
Inyección de motivación
El curso me sirvió. Siento que me permitió observar que las pasiones sirven para lograr objetivos, aunque también es necesaria cierta capacidad de control. El tema es difícil. Van a pasar muchos años antes de que haya avances que sean apreciables para la mayoría silenciosa de la población. Pero hay que reconocer el progreso por muy modesto que sea.
Agradecí en la ocasión al equipo docente y a mis compañeros por la retroalimentación: las experiencias expuestas, la historia del enfoque de género (desde la Edad Media hasta nuestros días), los ejercicios, ciertos encontrones intelectuales, las tallas, etcétera.
Para finalizar los dejo con un clásico del grupo estadounidense The Dobbie Brothers: